Empecé en la fotografía hace ya varios años y fue una de esas maravillosas casualidades. Mi hermana tenía una cámara que estaba olvidada en el fondo de un armario y se me ocurrió preguntarle si me dejaba utilizarla. Salí con la cámara y empecé a llevármela a los diferentes lugares que visitaba.
Era una cámara estándar, de las de pulsar y tomar la foto sin más, y pronto sentí que no podía expresarme con ella. Estaba viendo una fotografía en mi cabeza y la cámara no me permitía conseguir esa fotografía. Por eso di el paso de comprarme mi primera cámara, sin mucha idea pero con muchas ganas y esa necesidad de alcanzar aquello que era capaz de vislumbrar.
Y así estuve tiempo, aprendiendo, conociendo la fotografía. Fue una etapa de explorar tanto por libre como en formaciones, cursos, conocer a otrxs fotógrafxs, caminar.
Sin embargo, por esas casualidades mágicas que mueven los hilos de nuestro destino, un día aparecí para un baño de sonido, me quedé para aprender tambor chamánico y, cuando Amaya vio mis fotos, me pidió que hiciera sesiones para ella, tanto de baño de sonido como del taller de canto Álmico. Los minutos fluyeron como granos de arena mientras mi sensibilidad me guiaba acerca de cómo moverme por la sala con el único fin de reflejar, a través de la fotografía, todo lo que allí estaba ocurriendo. Fue un momento de conexión que se grabó a fuego en mí y nació la convicción de que ahí debo estar.
Tras más sesiones, ese deseo de captar la esencia de la persona, de reflejar a través de la fotografía su magia, anhelos y belleza natural solo ha ido en aumento.